Desde hace unos años, cuando hablamos de marketing y comunicación nos suelen aparecer en primer lugar muchos de los nombres de las numerosas redes sociales al alcance de todo navegante: Facebook, Twitter, Pinterest, Instagram, Foursquare… Parece que cuando cogemos el móvil (porque, señores, la navegación de escritorio da la sensación de estar en la UVI) lo primero que hacemos es darle un pequeño repaso a nuestro timeline de Twitter por si nos estamos perdiendo algo, con el mismo ansia del que está haciendo régimen delante de su plato favorito (que suele ser justo el primero que todo régimen te prohíbe, faltaría más). Y, tras este ritual, vamos abriendo el resto de aplicaciones que tenemos instaladas, una tras otra, dándole un poquito de cariño a cada una, para que no se enfaden.
Todas y cada una han sido, en un primer momento, una isla virgen en la que los primeros trendsetters podían ir casi desnudos, como iba Orzowei (os recomiendo que lo veáis y entenderéis algunas cosas de la infancia de los de mi generación). Al poco, estas islas se fueron poblando, evolucionando y, finalmente, llegaron nuestros queridos anunciantes, cosa que para muchos fue como la vecina de abajo cuando te pica en la puerta con la policía en plena fiesta privada. Pero, sin anunciantes no hay red social que valga, así de claro. Nadie vive del aire. Y eso, se lo tenemos que agradecer.
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