La preocupación universal por la educación ha generado un sistema de excusas en el que todo el mundo echa las culpas al vecino. Los padres a la escuela, la escuela a los padres, todos a la televisión, la televisión a los espectadores, al final acabamos pidiendo soluciones al gobierno, que apela a la responsabilidad de los ciudadanos, y otra vez a empezar. En esta rueda infernal de las excusas podemos estar girando hasta el día del juicio. La única solución que se me ocurre es no esperar a que otros resuelvan el problema, sino preguntarme: ¿qué puedo hacer yo para solucionarlo? -José Antonio Marina- filósofo, ensayista y pedagogo español.
Que la educación es un pilar fundamental de cualquier sociedad, es algo en que la mayoría estaremos de acuerdo. Adecuarse a los retos y necesidades, perpetuando el ciclo de enseñar a las generaciones futuras el conocimiento acumulado por nuestros mayores, han sido desde hace tiempo pilares de las sociedades modernas y, sin duda, han sido fundamentales en nuestra evolución como especie.
Sin embargo, podemos observar que la efectividad de esa “transmisión de conocimiento” es cada vez menor. Las clases son, hoy en día, muy similares a las que habían 30, 40 ó 50 años atrás y, sin embargo, nunca han sido tan distinta una generación de estudiantes a su predecesora. Hoy los denominados “nativos digitales”, acostumbrados a un lenguaje, comunicación e interacción con el mundo no entiende “qué pretenden” las escuelas y sus profesores con la vetusta forma de comunicación de un profesor sin más ayuda que un libro y una tiza explicando, por ejemplo, el complicado mundo de una célula.
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