
Las últimas semanas de 2011 dejaron en la biblioteca universal de la red una pieza memorable de Adrián Segovia: si tuviera nombre, apellidos y complexión física, alguien diría que es todo un libelo. Pero no tiene nombre y apellidos, tiene un acrónimo y ese acrónimo se llama GRP. Claro que, si estás de acuerdo, un libelo deja de ser libelo y se convierte casi en un manifiesto. Yo lo leí entusiasmado.
Esta primera cita habla por sí sola: “El GRP es ruin, mezquino, una farsa. El GRP me hizo romper el cable de antena de mi casa para que nadie viera la televisión. El GRP es dañino, sibilino y se paga a precio de oro. El GRP es mentira. El GRP convierte la bazofia en masiva, las bajezas en grandezas y pervierte las cuentas de resultados (aunque aún no lo sepan). El GRP ha matado él solito a miles de excelentes contenidos. Ha creado EREs y decapitado directivos, ensalzado a otros y deteriorado, al fin y al cabo, las buenas historias”. Y la continuación no es moco de pavo: “El GRP es mentira y el culpable de que ahora, los anunciantes, se lleven las manos a la cabeza por financiar, indirectamente, la basura. El GRP quería ser marketing y acabó siendo alcahueta, vendida al mejor postor por la máxima frecuencia y cobertura relativa al mejor precio posible”.
Pero a las pocas semanas de ello, es Eduardo Madinabeitia, que sabe bastante de contar GRP’s, el que observaba atentamente la campaña de Campofrío dedicada a Gila y que brillantemente ha dirigido Alex de la Iglesia.
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