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Hace 11 días hablamos en TcBlog de los retos de la administración pública y sus gestores, como el Open Government, y de cómo mejorar la escucha, la participación y la difusión. Hoy nos centraremos en los empleados públicos: identidad, relaciones y algunos ejemplos útiles.

La participación de los empleados públicos en las redes sociales es una cuestión hoy aparentemente indiscutible para el futuro de nuestras administraciones en términos tanto de motivación interna como de eficacia, eficiencia y calidad de la prestación del servicio a los ciudadanos.

No todas las organizaciones, sin embargo, saben de forma exacta cómo abordar dicha presencia. Incluso aquéllas que hace tiempo decidieron tener vida institucional clara en plataformas sociales y que, en teoría, han desarrollado una cultura corporativa 2.0, ven todavía hoy casi con terror el uso en la oficina de servicios como Twitter o Facebook. Otras, muchas, demasiadas… directamente lo restringen.

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EC Audiovisual Service

Fue Antonio Gramsci (1891-1937) el que a principios de los años 30 del pasado siglo declarara en sus estudios sobre la burocracia y sobre los bloques hegemónicos:

“Toda forma social y estatal nueva tiene la necesidad de un nuevo tipo de funcionario”.

Si atendemos a esta máxima y la liberamos de su enunciado más crítico, la pregunta es obvia: ¿qué tipo de gestor y de empleado público debe definir la Sociedad de la Información que ahora comenzamos a disfrutar?

No es seguro, de encontrarse en nuestra misma situación, lo que el genial pensador italiano habría contestado. Pero, probablemente, tendría mucho que ver con las habilidades, tareas y objetivos 2.0 que los servidores del Estado están llamados hoy a asumir en su relación con los ciudadanos.

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Un político teme las críticas. Un gobierno, se esfuerza en acallarlas. Sólo la Administración se ha acostumbrado a vivir con ellas e, incluso, a ignorarlas. Como dijera de sí misma la actriz Mae West, “he perdido mi reputación, pero no la echo en falta”.

El servicio público se ha acomodado en su desprestigio llevado por una merma de la autoestima, la desconfianza en la organización e, incluso, la pérdida de fe de sus gestores y empleados en la sociedad para la que trabajan.

En ese contexto, y bajo la amenaza de recortes en el ámbito de las administraciones, ¿cómo reivindicar el buen funcionamiento y la buena imagen de ayuntamientos, comunidades autónomas y organismos estatales?

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Foto: José L. Rodríguez

No hay que ser un sabio para entender de datos públicos. Y, sin embargo, ha tenido que ser el avezado propietario de una heladería de Estados Unidos el que hace ahora un año y medio explicara con su caso qué es exactamente y para qué sirve el Open Data.

Su comercio, situado junto a una concurrida estación de Boston, luce en su interior un sencillo panel que muestra en tiempo real las frecuencias de llegada y de salida de cada línea de autobús. Sus clientes entran allí todos los días con la tranquilidad de saber que no sólo tomarán sin problemas el transporte urbano sino que, además, lo harán con el apetito saciado.

Lo relevante de todo ello es que las informaciones que dan vida a esta historia son públicas, están siempre actualizadas, son gratuitas, fiables, muy sencillas de entender y están al alcance de cualquiera a través de Internet.

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El motín de Esquilache de 1766

Quiso la indignación popular, exacerbada por ciertas carestías y prohibiciones varias (llevar capa y sombrero de ala ancha), que un mes de marzo de 1766 las calles de la capital de España se revolvieran al grito de “Viva el Rey, muera el mal Gobierno”.

Pretendían así los madrileños y algunos nobles descontentos renovar determinadas estructuras del Reino sin cuestionar con ello la legitimidad del monarca, Carlos III.

Con la debida distancia, y sin el tono y el fragor del momento, hay un  paralelismo entre aquella llamada a la “revolución sin revolución” y la exigencia de nuestros días de acometer una nueva modernización del Estado. Hoy, se demanda actualizar el funcionamiento de las administraciones sin cambiar sus prestaciones; se aspira a renovar sus estructuras sin limitar los beneficios sociales que éstas ofrecen.

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El Quinto Poder. Redes emergentes

La estructura vertical de la información se ha roto. Hoy, gracias a Internet, millones de personas pueden producir, distribuir y acceder a toda clase de contenidos sin necesidad de intermediarios.

Las Redes Sociales son clave en este fenómeno. Facebook, Twitter o Linkedin –las tres herramientas más conocidas a escala planetaria- se han convertido en canales alternativos de colaboración, de participación y de control ciudadano. Lo curioso de estas plataformas es que, pese a ser concebidas inicialmente como negocios, en poco tiempo han logrado también impulsar auténticos procesos de empoderamiento social, de toma de conciencia colectiva y de reflexión democrática.

Su éxito: la cercanía, la confianza en el otro, la transparencia… y el “fracaso” de los medios tradicionales de comunicación.

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Retos y soluciones para la información del sector público

Encuentro de Iniciativas Open Data en España (Proyecto Aporta)

La inteligencia nace de la rebeldía, de la disidencia, del inconformismo. Por eso, mientras haya voluntad para superar consensos y haya imaginación para crear otros distintos habrá siempre nuevas oportunidades de progreso.

Un buen negocio, en consecuencia, no es aquel que hoy concita más voluntades ni el que reúne más recursos. Es, simplemente, aquel que sólo unos pocos se animan a dibujar.

El Open Data –o, mejor dicho, el sector infomediario- es uno de esos espacios inteligentes de crecimiento. Y precisamente estos días comienzan a perfilarse sus logros sociales y económicos en España. Entre ellos, por ejemplo, un volumen de negocio dentro de nuestras fronteras equivalente al de la industria de los videojuegos…

¿La protagonista necesaria de esta apuesta? La administración pública española.

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Foto: José Luis Rodríguez

Las elecciones municipales y autonómicas de este domingo han despejado una parte importante de la incógnita abierta a través de las Redes Sociales por el movimiento 15M y Democracia Real Ya. Los votantes, pese a las llamadas a la rebeldía y a la renovación del sistema, han apostado por la continuidad, por el mantenimiento del bipartidismo.

¿Sorpresa? ¿Decepción? Desde luego, hablar de fracaso sería injusto. Jamás en la historia reciente de España una iniciativa ciudadana organizada desde la Web y alimentada, básicamente, por internautas había tenido el impacto del nolesvotes y la Spanish Revolution.

Estemos, de hecho, ante el primer ensayo en el sur de Europa de un Parlamento 2.0. La duda es: ¿qué necesitarán a partir de ahora éste y otros movimientos similares en la Red para lograr sus objetivos? ¿Cambiará la forma de ver y de hacer política en nuestros países? ¿Estamos, de verdad, ante una nueva ciudadanía digital?

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