No recuerdo que era más excitante, si el juego y la competición en sí o los momentos previos a participar. Pero el caso es que el juego ha formado parte de mi vida desde que tengo uso de razón. Sí, es cierto que de muy niño era como una segunda piel estar retando a los amigos y competir por ver quién era el mejor, sin ser consciente de que jugar me preparaba para la vida adulta.
Y en algún momento, la parte más divertida empezó a quedar enterrada por las responsabilidades y la construcción de un futuro que debía estar lleno de provecho: estudios, búsqueda de trabajo, noviazgo… La sociedad ha limitado la importancia del juego a la edad infantil, supongo que por la misma razón que el libro de Aristóteles en el cual definía y caracterizaba la comedia junto con la tragedia, La Poética, desapareció en la Edad Media. En algún punto el juego tiene un componente lúdico y de diversión que se trata de contraponer a la responsabilidad y el sentido común que debe definir a la gente adulta.
Hasta que las redes sociales y sus códigos de comportamiento han comenzado a cambiar la forma en que empresas y personas dentro y fuera de ellas nos comunicamos y nos motivamos. Es tal la avalancha de información a la que somos sometidos que el mero enunciado de la misma, por muy creativo que sea, se muestra altamente ineficiente la mayor parte de las veces si de captar nuestro interés se trata. Al punto que el juego, la forma más básica de conseguir la atención y la motivación de las personas, ha tomado un protagonismo inusitado dando lugar a una nueva categoría, que mueve ríos de interés: gamification.
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